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lunes, 27 de septiembre de 2010

VIRXILIO VIÉITEZ BÉRTOLO



Hace mucho mucho tiempo- o muy poco, que en esto del tiempo parece que ni los físicos ni los relojeros ni los historiadores se ponen muy de acuerdo- alguna de la gente que yo conocía salía siempre muy adusta y severa en todos los retratos en blanco y negro de las comuniones, bodas y bautizos que tenían enmarcados sobre sus mesillas de noche, al lado del crucifijo, la biblia gastada y el interruptor de la luz en forma de pera... y no me extraña nada ese malhumor, pues entre el bocio, el hambre, el aceite de ricino y esos trajes de franela que rascaban lo suyo para pegarse los paseos de los sábados tarde por la calle principal del pueblo(arriba y abajo, abajo y arriba, arriba y abajo...) y, de paso, poder estar presentables para la misa de una del domingo, en la que se pasaba revista... no era como para echar cohetes de la alegría.
Así que los fines de semana, disfrutando de cierto solaz en las labores, también se aprovechaba para lavar, en la pileta y con jabón Lagarto, la única ropa de faena que se llevaba durante toda la semana.
Mi padre hacía galenas y tenía una moto con sidecar, de las que habían dejado aquí los alemanes después de la guerra, para pasear a mi madre por el pueblo.
Todavía recuerdo el vals titubeante de las gallinas decapitadas por mi abuela- con su reguero cárdeno en el que flotaban restos de pequeñas plumas- para echarlas luego a sus sustanciosos guisos y sopas.
Mi abuelo , que dicen que había escondido a unos vecinos republicanos en su casa y las había pasado canutas por ello, escuchaba el parte de Radio Nacional de la una sin pestañear.
A los curas se les besaba la mano por la calle y se les hacía una pequeña genuflexión. El Señor juez, el Señor Notario, el Señor Guardia Civil y el Señor Médico del pueblo eran instituciones de dimensiones cuasi mitológicas; apenas sí se les podía mirar a los ojos, como a Medusa, o corrías el riesgo de convertirte en piedra o algo peor.
En peligroso rojo o conspirador masón, por ejemplo.

El agua se sacaba de un pozo de piedras oscuras y fondo mohoso, a los niños y a los adultos se les hacía un funeral de dos o tres noches de cuerpo presente en la habitación menos humilde, es un decir, de la casa; los perros se pasaban las noches ladrando a los zorros gallineros, a la inmensa luna llena y a las almas en pena de los muertos que decían que salían a restregar sus cuitas contra las paredes frías de los cementerios. Las novias modernas, que ya se habían quitado las pañoletas, se sentaban de lado en las motos Lambretta; a los zapatos se les cambiaban las suelas mil veces y los pantalones y chaquetas se remendaban otras quince mil ochocientas.
Los trenes eran de una madera que rechinaba y tardaban semanas en llegar a cualquier sitio, a ninguna parte. Recorrer en ellos más de cincuenta kilómetros ya era toda una epopeya digna de ser glosada por algún Homero de boina y vaso de tinto delante.
Mi tío se paseaba por los pasillos de la casa- después de la matanza del cerdo que tenía lugar justo delante de la puerta de casa, que parecía después un piélago ensangrentado- inflando la vejiga del gorrino como si fuera un globo de colores de alguna feria, para rellenarla luego de otras carnes más sabrosas.
Vino con gaseosa para los niños en las comidas, escopetas de tapones en la fiestas patronales, el olor a betún Búfalo en los zapatos de rejilla marrón de los adultos, el grueso chocolate de hacer con pan para merendar, la piedra pómez para frotarse la tierra de las manos, el aguardiente para dar friegas contra los parásitos intestinales...
Eran los tiempos del luto permanente, esos tiempos en los que hasta silbar podía ser considerado pecado. Venial, pero pecado, a fin de cuentas. El recuerdo en sepia de aquel primo que volvía de Venezuela en un Mercedes Benz blanco, de las fotonovelas de amor a todo color para señoritas, de los cachorros de gato que se ahogaban metiéndolos en bolsas en el río, de los niños con pantalones cortos y caras de viejos, del "adiós con el corazón, que con el alma no puedo, al despedirme de ti de sentimiento me muero" o "dos gardenias para ti, con ellas quiero decir...", de Matilde, Perico y Periquín, Cabalgata Fin de Semana, el flan Potax y los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín como toda distracción multimedia.

Yo viví un poco de todo esto en primera persona, muy poco, los últimos estertores de ese tiempo moribundo.
Pero Virxilio Viéitez Bértolo, fotógrafo autodidacta nacido en Soutelo de Montes en 1930(ya sabéis: autodidacta= alguien que solamente se pudo servir de su intuición, talento y mirada astuta... sin instrucciones previas ni clases de pago ni maestro alguno para perfeccionarse en lo suyo), armado con una pequeña Kodak 6x9, consiguió el hermoso milagro de congelar para siempre la flor que se entreabre un segundo o, lo que es lo mismo, la belleza que se irá en un perecedero, efímero, apenas percibido, momento.
Alguien dijo de él, como ha pasado con tantos otros, que "era un gran artista sin saberlo".
Y el que lo dijo tenía razón pues cuentan las crónicas que "el día que Christian Caujolle, director de VU, una de las más prestigiosas agencias de fotografía del mundo, conoció la obra de Virxilio Vieitez, supo que tendría que replantearse la historia del retrato fotográfico del siglo XX. Justo ese mismo día Virxilio veía una exposición de fotografía por primera vez en su vida: la suya propia"(Sofía Moro).
Fue en 1998. Virxilio tenía casi setenta años, veía una exposición suya por primera vez en su vida y, sin saberlo, creerlo ni buscarlo, este fotógrafo de aldea se convirtió en uno de los mejores fotógrafos españoles del siglo XX.
Las razones del hermoso milagro aquí:









Quizá si Virgilio se hubiese apellidado Doisneau o Ray hoy disfrutaríamos de alguna exposición permanente en alguna de nuestras urbes y del reconocimiento por parte de las autoridades culturales que se merece.
Pero Virgilio era un Viéitez y, por encima, sufrió el infortunio de no haber nacido en Lyon o Brooklyn, sino en la remota y galleguísima Soutelo de Montes.
Y hasta que vino un eminente francés a decirnos que Virgilio Viéitez Bértolo era uno de los grandes retratistas del siglo XX, los gallegos no nos lo creímos.
Y parece que todavía estamos haciendo la digestión de este hecho, dada la escasa repercusión que de la obra de Virgilio- el fotógrafo de la gente con tierra entre las uñas- se ha hecho hasta nuestros días por estas desmemoriadas tierras de la España.

Saludos de Jim.